lunes, 20 de noviembre de 2017

ROSTROS EN LA LLUVIA

                                                                                             I


—Todo empezó el 1 de Octubre. Lo recuerdo bien porque era mi primer día de trabajo tras las vacaciones de verano —le comentaba Elías a su psicólogo. Había acudido a él tras semanas de fenómenos inexplicables en los que había empezado a creer que había perdido la cordura. No le había quedado más remedio. No sabía a quién recurrir. Y no había querido asustar a su esposa en su estado, embarazada de seis meses.
     —Empecemos pues por ahí. Cuéntemelo todo. Y no le importe detenerse en cualquier pequeño detalle, por insignificante que le parezca —le contestó el doctor. El paciente suspiró, se reclinó en el diván y cerró los ojos, intentando relajarse, buscando algo de concentración. Se demoró unos instantes, ordenando sus recuerdos. Finalmente, comenzó su relato:
     —Como le decía, era mi primer día de trabajo después de las vacaciones. El día en la oficina fue como de costumbre. Siempre el primer día hay un poco más de ajetreo para ponerse al día con todo, pero nada distinto ni  fuera de lo normal. A mediodía comí con los compañeros y nos contamos todo lo acontecido durante el verano. Lo de todos los años, vamos. Y por la tarde, más de lo mismo. Mi trabajo, en esencia, es rutina y más rutina. Pocas veces surge algo imprevisto o inusual.
     »Salí con un poco de demora sobre mi horario habitual por aquello de ponerme al día. Serían cerca de las ocho de la tarde. Había comenzado el otoño y, a aquella hora, ya era noche cerrada. Y más con el mal tiempo que teníamos aquella semana. Llevaba todo el día lloviendo sin parar y los oscuros nubarrones habían dejado en penumbra la ciudad poco después del mediodía. Saqué mi paraguas y me encaminé hacia mi casa. Siempre voy y vuelvo del trabajo a pie. Apenas hay poco más de un kilómetro de trayecto. Me gusta caminar. Y al mismo tiempo hago algo de ejercicio. Tardo unos diez minutos. Así que no tengo que andar sacando y metiendo el coche del garaje, gastar gasolina y pagar luego por una plaza de parking. Soy afortunado de tener el trabajo tan cerca de casa.
     »Llovía bastante, como le decía. Estaba a mitad del trayecto, más o menos. Fue en ese momento cuando escuché las risas de unos niños. Me giré, pero no había nadie alrededor. Ni siquiera en las inmediaciones. Ya le digo que hacía un día desapacible de viento y lluvia. Ni un alma fuera de sus hogares. Pero aparte de eso, en aquella zona por la que transitaba no había casas ni edificios construidos. Por lo tanto, la zona estaba desierta. Y las risas habían sonado allí mismo. Empecé a pensar que lo había imaginado cuando las escuché de nuevo. Risas de niño: inocentes, tiernas… pero a la vez siniestras. Esta vez las ubiqué mejor. Sonaban como en el suelo. Miré hacia abajo y, en el charco que había a mis pies, pude ver reflejadas las caras de dos niños de corta edad, desfiguradas por las ondulaciones que las continuas y persistentes gotas de lluvia dejaban en el charco.
     »No podía ser cierto, por supuesto. Es lo primero que pensé. Y en un pestañeo, desaparecieron. Las ondulaciones seguían dando movimiento y vida al charco. Y la luz de una farola cercana se reflejaba en su superficie. Pero no había rostros de niños. Sin duda debía de haberlo imaginado. Todo había sido el efecto del movimiento del agua a consecuencia del viento y la lluvia y del reflejo de las luces. No podía ser otra cosa. Había creído ver unos rostros donde sólo había sombras y luces. Una alucinación, un juego de la mente… Sí, pero ¿y las risas? ¿También habían sido una alucinación? Las había escuchado con claridad no una, sino dos veces. Nítidas y musicales. ¿Era probable que también hubiera sido el efecto del aullido del viento y el repiqueteo de la lluvia chocando incansable con mil objetos diferentes y produciendo otros tantos sonidos distintos? Estaba dispuesto a asegurar que no y, sin embargo, cuanto más lo pensaba, tanto más lo dudaba. Allí no había niños, por supuesto. Ni risas o rostros espectrales surgiendo de la nada. Ni alrededor ni dentro del charco. Y tampoco creía en los fantasmas. Así que empecé a asegurarme a mí mismo que todo había sido una alucinación. Imaginaciones mías. Decidí seguir mi camino de vuelta a casa. No sin antes echar un último vistazo atrás. Lluvia y viento. Y una calle desierta”.
     —¿Puedo beber un poco de agua? —preguntó haciendo una pausa e incorporándose a medias.
     —Por supuesto —afirmó el doctor. Llenó dos vasos de una jarra de agua fría y le tendió uno a Elías. Bebió tan solo un par de sorbos y volvió a dejar el vaso sobre la mesa. Se tumbó cerrando los ojos de nuevo. Y continuó con la narración de su historia:
     »Pasaron un par de semanas sin que sucediera nada nuevo. Mi vida siguió con normalidad. Mi trabajo rutinario y feliz en la oficina. Mi vida tan distinta y también feliz fuera de ella. Y mi esposa y yo deseando que llegara ya el niño para terminar de colmar aquella dicha que nos embriagaba. Una pareja de recién casados a punto de ser padres. Una pareja como tantas otras. Y puedo asegurar que, en medio de todo aquello, había olvidado por completo el anterior incidente. Incidente… o como quiera llamarlo.
    »Hasta que otra lluviosa noche, nuevamente de regreso a casa, aunque en esta ocasión a tan solo un centenar de metros de ella, volvió a suceder de nuevo. Caminaba absorto mirando mi teléfono móvil y no me di cuenta de que metía el pie en un charco. Entonces escuché un grito bajo mis pies, procedente del agua. Tan claro y audible como le estoy hablando ahora mismo. Un “ayyyyyy” de dolor como cuando nos damos un martillazo en un dedo. No fue un quejido sordo. Fue casi un alarido. Salté del charco como si me hubiera mordido un perro. Y al mirar hacia él, de nuevo el rostro de dos niños ondulando en la superficie del agua. Uno pertenecía a un niño rubio de pelo rizado y el otro al de una chiquilla de pelo liso y moreno. Sonreían. Y su imagen se iba difuminando al mismo tiempo que me acercaba más a mirar. Pero justo antes de desvanecerse del todo, escuché la voz de uno de ellos. Era el niño. Y me dijo con voz lastimera: “Ten cuidado, me has hecho daño”. El corazón me dio un vuelco y creo que casi me da un infarto. Tragué saliva, di media vuelta y salí corriendo hacia mi casa como alma que lleva el diablo.
     »En esta ocasión, no pude ocultar a mi mujer mi estado de ánimo y nerviosismo. Soy capaz de contener mis emociones, pero solo hasta cierto punto. Y como no quería inquietarla, lo achaqué todo al exceso de trabajo y a algunos cambios que se avecinaban en la empresa. Las mujeres tienen un sexto sentido para estas cosas, así que no se lo creyó del todo. Sabía que algo más me sucedía. Pero decidió no ahondar en el tema. De momento. Yo me conformaba con no tener que contarle la verdad. La verdad de la realidad o ficción que yo vivía o creía estar viviendo. De nuevo, las cosas volvieron a tranquilizarse después de aquel día. Los sucesos se espaciaban bastante en el tiempo. Lo cual no sé si era bueno o malo. Conseguir olvidar los hechos para, de repente, volver a toparme de bruces con ellos no era mejor que vivirlos de manera continuada.
     —¿Cuánto tiempo transcurrió en esta ocasión? —le interrumpió el doctor.
     —¿En esta ocasión…? —repitió Elías intentando hacer memoria— Tal vez algo menos que en la anterior... Quizá unos ocho o diez días.
     —¿Y volvió a suceder en el mismo sitio? ¿De camino a su casa al volver del trabajo?
     —No, esta vez fue diferente… —continuó.
     »Esta vez fue diferente. Me impresionaron tanto los dos anteriores sucesos, que decidí dejar de ir andando y volver a ir al trabajo en coche. Al trabajo y a cualquier otro sitio. Especialmente los días de lluvia. Evitaba los charcos como un vampiro las estacas. Si los fines de semana llovía me inventaba cualquier excusa para no salir de casa. Pero a diario tenía que ir a trabajar…
    »Una mañana lluviosa acababa de detenerme ante un semáforo en rojo. Llevaba el limpiaparabrisas en funcionamiento, apartando el agua que caía sobre el cristal. Estaba ajustándome el nudo de la corbata cuando escuché unos golpes en mi ventanilla. Giré la cabeza para mirar, esperando encontrarme algún vendedor de pañuelos o a alguien pidiendo información sobre alguna calle, aunque era bastante extraño bajo aquel aguacero, y no pude evitar proferir un grito de terror… En la superficie de agua que se había formado en el cristal, estaba de nuevo el rostro de aquel niño de pelo rubio y rizado. Me sonreía. Tenía los ojos azules y una mirada inquietante… No sé cómo definirla, la verdad. Era fría, pero algo más. Tenía una especie de brillo… maligno. La imagen se desfiguraba y volvía a formar a medida que el agua resbalaba sobre el cristal, adquiriendo diferentes tonos y matices. Pero la imagen en todo momento era la misma: un niño pequeño de cabello rubio y mirada celeste.
     »Por el rabillo del ojo noté como el disco del semáforo cambiaba del color rojo al verde, pero estaba paralizado. No podía apartar la mirada de aquel rostro hecho de lluvia, de aquellas facciones imposibles formadas tan solo por miles de minúsculas gotas de agua que resbalaban las unas sobre las otras. Entonces escuché un ruido en la otra ventanilla, en la del lado del copiloto. Me volví hacia aquel lado y ahí, en el otro cristal, estaba el rostro de la otra niña de pelo moreno, liso y largo. Sus pupilas eran negras y su mirada oscura e insondable. También sonreía. Pero aquella sonrisa era aún más desangelada que la del chico. Era siniestra. Siniestra y burlona. Y esta vez había algo más aparte del rostro. Debajo de él se perfilaban los dedos de una mano. Sus largas uñas arañaban la superficie del cristal. El sonido de aquellas uñas afiladas me produjo dentera y sufrí un escalofrío. En esos momentos, los bocinazos del automóvil que se encontraba detrás de mí me devolvieron al mundo real. El semáforo seguía en verde. Así que aceleré y conduje unos metros hasta que encontré un sitio donde apartarme y aparcar. Mire las dos ventanillas. Los rostros habían desaparecido. Tan sólo una pantalla de agua que iba cambiando según la intensidad y dirección de la lluvia. Me costó varios minutos conseguir que el corazón me volviera a latir con cierta normalidad. No podía quitarme de la mente la sonrisa malévola de aquellos dos niños. Ni sus miradas frías y siniestras. Y mucho menos el espantoso ruido de aquellas uñas arañando la ventana. Ni aun hoy he dejado de escucharlo una sola noche…
     —¿Tiene pesadillas con ello? —preguntó el doctor dejando la libreta y el bolígrafo con los que tomaba notas encima de la mesa para quitarse las gafas y frotarse los ojos.
     —¿Pesadillas? —inquirió Elías— Alguna he tenido. Pero tampoco se puede decir que no duerma por las noches. Más bien son flashes y recuerdos que me vienen despierto. Su sonrisa, su mirada, el sonido de aquellas uñas… Y sobre todo, el miedo a la lluvia. Ya no la soporto.
     —Volveremos más tarde a su miedo a la lluvia. Pero aún queda algún suceso más según me comentaba, ¿no?
     —Sí, uno más. El último. Y el más estremecedor.
     —Cuéntemelo, por favor.
     —Fue la semana pasada. El sábado, el único día que llovió. Los fines de semana suelo levantarme temprano para salir a correr y hacer un poco de ejercicio. En las últimas semanas había dejado de hacerlo por lo que le he comentado antes; buscaba cualquier excusa con tal de quedarme en casa. Pero aquel día decidí que no iba a dejarme vencer por aquellos miedos, con toda seguridad, infundados. Cuando transcurrían unos días desde el último suceso, la razón y la lógica me convencían de que habían sido tan solo imaginaciones. Cuántos más días pasaban, más irreal lo veía todo y más convencido estaba de mi confusión y de que todo era algo pasajero en mi mente.
     »Así que me armé de valor, mucho más teniendo en cuenta que esa mañana llovía a cántaros, y salí a hacer deporte. Siempre me acercaba a correr a un parque que hay cerca de mi casa. Además, el río pasa justo al lado, con lo que puedo sentir la naturaleza respirando, girando en torno a mí, entrando por todos los poros de mi cuerpo y alejándome por un tiempo de la civilización y la gran ciudad. Llevaba más o menos un cuarto de hora de ejercicio. Llovía sin parar y el camino de tierra estaba  lleno de barro y charcos que tenía que ir sorteando. Había decidido dejar mi mente en blanco. No pensar nada más que en mi respiración y el movimiento de mis brazos y piernas. No quería dejarme arrastrar por el pánico recordando los sucesos acontecidos semanas atrás. Y conforme pasaban los minutos me fui serenando. Conseguí centrarme tan solo en mí y en el sendero que tenía por delante. Intenté ver la lluvia como una bendición, no como una amenaza. Y lo estaba consiguiendo…
   »En esos momentos se cruzó en mi camino un charco enorme, bastante más grande que los anteriores. Podía saltarlo, así que no valía la pena perder el tiempo rodeándolo. Cogí impulso al llegar a su altura y salté. Y cuando estaba en el aire, a punto de poner un pie en el otro lado, una mano me agarró el otro tobillo, tiró hacia atrás y me hizo caer de bruces contra el charco y contra el suelo. Pude estirar los brazos por delante y cubrirme, con lo que evité darme un golpe en la cara o la cabeza. Me raspé las manos y los codos. Aquí puede ver los arañazos que aún conservo. No lo imaginé. No tropecé. Estaba completamente en el aire cuando sucedió. Era inverosímil haber chocado contra algo. Noté con total claridad cómo una mano se aferraba a mi pie y tiraba de él.
    »Pero eso no fue lo peor. Justo tras impactar contra la tierra, me giré para ver qué me había hecho caer. Una mano pequeña se escondía en esos momentos dentro del agua. Despacio, casi a cámara lenta. Como si quisiera que la viera, que la grabase en mi mente, que supiera que había sido ella. Cuando se sumergió por completo, las ondulaciones que dejó fueron engullidas por el resto de vaivenes que dejaba la lluvia al caer. Pero pude escuchar de nuevo las risas. Taimadas y burlonas. Siniestras. Enloquecedoras. Saliendo de dentro del charco. De las gotas de agua que caían alrededor. De todo el maldito líquido elemento que había por doquier. Repiqueteando en mi cerebro como campanas demenciales.
     »¿Quiénes sois?, les grité.
     »¿Qué queréis de mí, malditos niños?
     »Pero no hubo respuesta. Solo risas. Y lluvia. Más y más lluvia.”
                                                              

                                                                                              II


Varias sesiones con el psicólogo no le aclararon ni sirvieron de mucho. Por no decir de nada. Hablaron largo y tendido sobre su infancia, sus terrores y traumas infantiles, la relación afectiva con sus padres y hermanos, posibles abusos o malos tratos, complejos de inferioridad en el colegio… Repasaron una y mil veces sus fobias y manías, si el agua le daba aprensión o temor, si la lluvia le había causado algún momento doloroso o problemático en su niñez.
     Hablaron sobre su vida conyugal, su vida familiar y su vida laboral. No tenía problemas en ninguna de las tres. Es más, se sentía agradecido con cada una de ellas. Era dichoso en su matrimonio, con una esposa a la que amaba… y estaba a punto de ser padre. Tenía una familia maravillosa a la que también quería con locura y por la que se sabía correspondido. Y se sentía realizado en su trabajo, pese a que fuera aburrido en ocasiones. Trabajaba cerca de casa. Tenía un jefe afable con el que se llevaba bastante bien y unos buenos compañeros. Además, quizá el año siguiente consiguiese un ascenso y, por ende, un aumento de sueldo. No podía pedir mucho más en la vida. ¡No, su vida conyugal, su vida familiar y su vida laboral no se escondían en los charcos esperando a que él pasase para asustarle! ¡No se reían de él a hurtadillas ni arañaban los cristales de su coche!
     Tampoco había sufrido depresiones ni enfermedades recientemente. No recordaba ningún suceso extraño en los meses anteriores a las visiones. No tomaba drogas ni bebía. Solo una copa o cerveza de vez en cuando. Tampoco fumaba. No se medicaba, salvo alguna aspirina para el dolor de cabeza como todo el mundo. Hacía deporte. Su vida conyugal y sexual era satisfactoria. No iba a la iglesia. No era creyente ni profesaba religión alguna. Se declaraba ateo. ¿Sus aficiones? Normales, como las de cualquiera. La música, el cine, la literatura, los comics, el deporte, la naturaleza, viajar, la comida italiana…
     Después de todas aquellas sesiones, lo único que le pudo decir en claro su doctor es que no veía nada anormal dentro de su cabeza. Que a todas luces era una persona sensata, racional y poco propensa a la imaginación. Que no encontraba motivo alguno para que algo funcionara mal dentro del engranaje de su cerebro. No obstante, aquella historia no podía ser real. Era inverosímil, fantástica e imposible. Ninguno creía en fantasmas, por lo tanto descartaban el espectro paranormal. No había lógica en todo aquello. Así que, como último recurso, le sugirió someterse a una sesión de hipnosis regresiva. Quizá hubiera algún terrible o doloroso suceso de su infancia o adolescencia que, incluso inconscientemente, hubiera ocultado, guardado y sellado después en algún sótano muy profundo de su mente. Algo que, por tanto, hubiera olvidado por completo y fuera incapaz de recordar. La hipnosis era el único método posible y eficaz para derribar esas barreras casi infranqueables y ver si allí debajo se sumergía algo más que era posible sacar a flote. No de muy buena gana, pues tampoco creía demasiado en aquellas prácticas, pero alentado por una última posibilidad de arrojar algo de luz sobre aquellas tinieblas, accedió a someterse a ella.
     Pero tampoco la sesión de hipnosis arrojo ninguna pista o indicio sobra las causas u orígenes de la pesadilla que atormentaba a Elías. Ni desde sus primeros años de vida había ningún trauma o problema relacionado con el agua o la lluvia. Tampoco nada relativo a un niño y una niña, que por alguna razón, hubieran dejado huella en su vida. Nada de niños muertos o desapariciones. Nada de separaciones. Su infancia, adolescencia y juventud eran prácticamente un remanso de paz. Lo más terrible que recordaba era el sentimiento de culpa que arrastró un par de semanas por un balón que le pinchó a su hermano un día que estaban enfadados. No encontró nada oscuro en ningún desván recóndito de su mente. Quedaba muy poco que pudiera hacer para ayudarle. En última instancia, le recomendó visitar a un psiquiatra amigo suyo y de muy buena reputación. ¿Un psiquiatra? Bueno, ¿qué podía perder con otra opinión?
     Así que acudió a la cita y, tras contarle de nuevo varias veces la historia al completo, el especialista llegó a la conclusión de que quizá estuviera ante el principio de algún tipo de esquizofrenia paranoide. Era lo único que podía justificar las alucinaciones visuales y auditivas. Una esquizofrenia podía aparecer por muy diversos motivos. En su caso, no había evidencias de ninguna causa externa que hubiera conducido a ella. Tampoco  mostraba indicios o manifestaciones anteriores. Pero, en ocasiones, también podía presentarse de repente y sin avisar. En su cuadro, no se observaban la mayoría de los síntomas, pero sí algunos. De hecho, el resto podían ir apareciendo próximamente o manifestarse en cualquier momento. No había cura, pero sí tratamiento. El objetivo del mismo se centraba en la reducción de la frecuencia, la gravedad y consecuencias de los episodios de la enfermedad.
     No aceptó de buen grado aquel diagnóstico, pues estaba convencido de que no sufría ningún tipo de problema mental. Lo que había sufrido no eran alucinaciones. ¿Pero qué hubiera pensado si cualquier otra persona le hubiera venido contando aquella misma historia a él? Así que decidió someterse al tratamiento, el cual se dividiría en dos fases en un principio: farmacológico y terapéutico. Si tras esto las alucinaciones desaparecían, tendría que darle la razón al doctor. No sabía qué era peor: si tener que aceptar que sufría esquizofrenia pese a que las visiones desaparecieran, o que continuaran y con ello poder demostrar que no sufría ningún tipo de enfermedad mental.
     Ese era el plan. Empezaría a tomar los fármacos prescritos y seguiría acudiendo a las sesiones recomendadas. Por lo demás, intentaría seguir con su vida como de costumbre, pues la enfermedad, según el doctor, aún no afectaba a su vida afectiva, sus relaciones personales o su vida social. Así que, de momento, solo irían vigilando el estado del paciente y el retroceso o avance de las alucinaciones.
     Por supuesto, decidió seguir sin contarle nada a su esposa pese a la recomendación del médico de que sí compartiese su historia con ella.

                                                           
                                                                                              III


Transcurrieron varias semanas de tranquilidad y sin ningún tipo de suceso o alteración. A regañadientes, empezó a aceptar que tal vez el psiquiatra estaba en lo cierto y lo que había estado sufriendo eran las primeras manifestaciones de una esquizofrenia paranoide. Eso no era nada bueno, pues significaba que tendría que seguir medicándose. Quizá para siempre. Pero desde luego, eso era mejor que seguir sufriendo aquellas apariciones.
     Aunque había algo que no terminaba de encajar. Y era el hecho de que, en su caso, las apariciones siempre tuvieran los mismos rostros, las mismas voces y se materializaran en idénticas o similares circunstancias. En cualquier otro momento o situación, no sufría ningún otro tipo de delirio o paranoia. Pese a que el doctor le dijera que eso era posible en un estado primario de la enfermedad, aquello no le convencía demasiado. Pero como las cosas parecían haber mejorado, decidió que podía estar equivocado. En todo caso, no iba a saber más él que los mismos especialistas en la materia.
     Así pues, todo continuó con relativa normalidad hasta que otra lluviosa mañana, cuando se dirigía al trabajo, escuchó de nuevo aquellas risas taimadas a su alrededor. Se paró en seco y aguzó el oído.
     —Aquí —dijo la voz del niño. Escudriño a través de la cortina de lluvia y pudo ver la silueta de los dos niños unos metros más adelante. Esta vez no contemplaba tan sólo los rostros, sino el cuerpo entero de los chicos. Parecían figuras hechas de agua, deformándose a cada momento y volviéndose a formar. El niño y la niña estaban cogidos de la mano.
      —¿Por qué no vienes a jugar con nosotros? —le preguntó la niña en esta ocasión.
     —Sí, ¿por qué no vienes? Podemos jugar al escondite —sugirió el niño. Empezó a avanzar hacia ellos. Esta vez no había vuelta atrás. Debía llegar al fondo del asunto, pasara lo que pasase. Pero los niños dieron media vuelta y echaron a correr.
     —¡Un momento! —les gritó— ¡Esperad!
     Salió corriendo tras ellos. Podía ver sus espaldas en la distancia mientras sus risas juguetonas les precedían. Al menos iban bien equipados para un día desapacible como aquel, pensó. Llevaban largos chubasqueros amarillos con capucha y altas botas de agua: rojas las del niño y rosas las de la niña. Pese a que era un buen deportista y corría deprisa, no les ganaba terreno. Más bien, parecía ir perdiéndolos de vista.
     —¡Niños, esperad! —volvió a gritarles— Estos, en cambio, giraron hacia la izquierda dejando atrás las urbanizaciones de edificios para adentrarse en un descampado. La lluvia arreciaba por momentos. Se había transformado en una furiosa tormenta.
     —¡Ven a jugar! —escuchó la voz del niño a lo lejos.
     —¡Es tan divertido! —añadió la niña.
     Aceleró el ritmo de su carrera. Prácticamente, estaba esprintando. Sin embargo, no era capaz de darles alcance. Podía seguirlos a duras penas gracias a lo llamativo y colorido de sus atuendos, que destacaban en la penumbra; sino los hubiera perdido de vista entre la lluvia. La tormenta seguía arreciendo y se estaban formando pequeños riachuelos por todas partes. Pequeñas lenguas de agua que corrían en la misma dirección y hacia el mismo sitio.
     “Hacia el río”, pensó. “Se dirigen hacia el río”.
     Aumentó aún más la velocidad, pese a que se encontraba exhausto. Le dolían los pulmones, pues no conseguía introducir en ellos la cantidad de oxígeno necesario. El corazón le latía como si un murciélago aleteara dentro de su pecho. Estaba a punto de reventar. Pero por fin empezaba a vislumbrar las figuras de los niños más cerca. Con mucho esfuerzo, les estaba recortando la distancia.
   —¡Niños… no vayáis… hacia allí! —logró gritarles entre jadeos. Se estaban acercando peligrosamente al río. En aquel momento, todo eran pequeños arroyos a su alrededor que se dirigían a converger en un mismo punto. El cauce del río debía de haber subido muchísimo y tenía que bajar con la furia de un torrente. Si los niños llegaban a él, podían ser arrastrados por la fuerza de la corriente.
     —¡Ven a jugar! ¡Ven a jugar! —seguía escuchando sus voces, cada vez más cerca. Ya podía ver el río. Bajaba con una fuerza descomunal. Y los niños seguían corriendo hacia él, alegres y despreocupados. Pero  por fin estaba a punto de darles alcance. Un poco más. Casi los tenía. El río rugía como las cataratas del infierno. Engullía todo lo que encontraba a su paso. Vio cómo arrancaba de cuajo árboles y postes eléctricos, cómo arrastraba farolas y carteles publicitarios. Los niños ya casi llegaban a la orilla. El ruido era ensordecedor. Y él ya casi llegaba hasta ellos. Solo unos pasos más y los tendría. Se lanzó en plancha y con la punta de los dedos agarró al niño por la bota…
     —¡Ya te tengo! —exclamó.


                                                                                              IV


Cuando la policía cogió a Elías, había asesinado en total a nueve niños. Dieron con él gracias a la llamada de una mujer que le vio paseando por la ribera del río, con la mirada ausente y perdida, el rostro manchado de sangre y una bota roja de niño en la mano. Al pobre chico lo había estrangulado y sacado los ojos. Su hermana había conseguido escapar por los pelos cuando los perseguía.
     “El Asesino de la lluvia”, como lo había bautizado la prensa, llevaba un par de meses volviendo locas a las autoridades. Un psicólogo y un psiquiatra lo habían tenido sentado en su consulta. Pero el primero no veía apenas la televisión ni leía los diarios, así que no estaba al tanto de la ola de asesinatos infantiles que se estaba sucediendo en la ciudad. Y el segundo no lo había relacionado en absoluto con los hechos, pese a que todos los crímenes se habían realizado en días de lluvia y su paciente deliraba con ver a niños fantasmales bajo ella.
     Pero es que Elías parecía a todas luces una persona cuerda y normal. Después de su detención se seguía declarando inocente y asegurando que no sabía nada de los hechos sobre los que se le condenaba. Repetía una y otra vez que había visto rostros de niños, y a niños de verdad, bajo la lluvia. Pero él no les había hecho nada. Eran ellos los que lo acosaban. Los distintos exámenes a los que le sometieron y el resultado de la máquina de la verdad, indicaban que no mentía. Entonces, ¿qué pasaba?
     En meses posteriores se fue conociendo la verdad. El hombre que todo el mundo conocía era una persona amable, trabajadora, responsable y felizmente casada. Pero bajo aquel hombre mundano y sencillo se escondía una segunda personalidad, un asesino demente y despiadado, un monstruo vil y repugnante que se cebaba con las víctimas más débiles; los niños. Por alguna extraña razón que los psiquiatras aún no han podido desentrañar, esa segunda bestia perversa y cruel solo hacía su aparición en presencia de la lluvia. Igual que el Dr. Jekyll se transformaba en el malvado Mr. Hyde después de beber un extraño brebaje,  la némesis de Elías le poseía de alguna peculiar manera únicamente cuando llovía. Un hecho que tiene desconcertado a forenses y especialistas en psicología y psiquiatría. Tal vez algún trauma infantil que aún no han logrado desenterrar de las catacumbas de su cerebro. Del mismo modo que tampoco han conseguido desentrañar la razón de que siempre buscase parejas de hermanos, niño rubio y niña morena, para sus abominables asesinatos.
     Seguramente jamás conozcamos del todo la verdad. Pues bajo toda nuestra retahíla de conjeturas, datos y análisis se esconden los misterios insondables de la mente humana: esa máquina tan compleja que, a menudo, resulta inquietante e imprevisible. A sus órdenes se encuentra ese ser indescifrable que nos saluda con un rostro y, a nuestra espalda, nos observa y vigila con otro muy distinto. Y que tras una tierna sonrisa, oculta una lengua viperina. Pero decidme, ¿quién de nosotros no esconde un Mr. Hyde en interior?



Juanma Nova García



                                                                                                             

domingo, 5 de noviembre de 2017

ALAS NEGRAS

Yo vivía solo.
    
     Pensaréis que es una forma un tanto insólita y extraña de comenzar a narrar una historia, pero a esas tres hermosas palabras me aferro como un náufrago a su vela cuando quiero pensar, al contrario que el resto del mundo que me rodea, que no estoy loco. Porque uno puede estar seguro de afirmar ciertas cosas; dónde nació, qué edad tiene, dónde vive, el número de calzado que gasta, y si vive solo o acompañado. Bien, pues yo vivía solo.
     El relato de estos increíbles sucesos tuvieron a mal comenzar, pues en este caso no podría afirmarse nunca otra cosa, una fría y lluviosa noche de otoño cuando, al llegar a casa del trabajo y encender las luces de la habitación, encontré a un par de pequeños pajarillos acurrucados el uno junto al otro en el alféizar de la ventana. Tan entrañables, indefensos e inocentes que enternecieron mi corazón. Pero al deslumbrarles la luz de la lámpara y notar mi presencia a unos pocos pasos, se asustaron y volaron a refugiarse entre la espesura de las ramas de un árbol del jardín, donde los perdí de vista.
     Continué mi rutinaria y aburrida velada olvidando aquella peculiar visita nocturna. Pero en las jornadas posteriores, volvió a repetirse la misma situación. Cada noche, al llegar a casa, sorprendía a aquella cándida parejita de criaturas aladas postrada en la ventana, en idéntica postura. Aunque es cierto que en cada nuevo encuentro parecían sentirse un poco más cómodos y relajados, y menos intranquilos ante mi presencia. Ya no huían. Más bien al contrario, parecían sentir cierta curiosidad por mis movimientos y hacia mi persona. Tal confianza y afinidad continuó en aumento de manera exponencial con el devenir de los días; primero me dejaron abrir la ventana y contemplarlos con más detenimiento, cada vez más de cerca; poco tiempo después me permitieron incluso acariciarles; y finalmente accedieron a entrar en la casa.
     Desde pequeño adoro los animales, y siempre tuve mascotas; a lo largo de mi infancia, adolescencia y juventud, me han acompañado dos perros, tres gatos, una tarántula, dos escorpiones y varios especímenes curiosos de la fauna local que me encontraba heridos, perdidos o desorientados en algunos paseos por parques, jardines o bosques cercanos. No saquéis conclusiones precipitadas; sé que algunos de esos animales no pueden considerarse mascotas al uso, pero lo cierto es que me gusta la fauna exótica y misteriosa. Si ya en la vida adulta no me he decidido a adoptar ninguna más, sin duda ha sido porque consideraba que un pequeño piso como el que yo habitaba no era el lugar más idóneo para ello. Además, pasaba todo el día fuera de casa por cuestiones laborales, a veces incluso me ausentaba varias jornadas seguidas de la ciudad, con lo que no hubiera podido dedicarle los cuidados y atenciones necesarias. Así que fue una alegría tener a aquellos dos pequeños pajaritos haciéndome compañía y compartiendo mi monótona existencia. Desde luego, no pensaba enjaularlos ni privarlos de libertad. Les construí un pequeño y cómodo hogar en un cajón de madera que rescaté del trastero y habilité de acuerdo a todas sus necesidades. O a todas aquellas necesidades básicas que yo consideraba, cuando menos, prioritarias en la vida de un pájaro; requisitos que, claro está, no provenían de mi propia experiencia avícola, pero sí de unos conocimientos que consideraba elementales. Y cada mañana, cuando marchaba al trabajo, les dejaba abierta la ventana para que pudieran hacer una vida normal y salir y entrar a su antojo. Pues, ¿qué es un pájaro privado de su mayor don y grandeza, que no es otro que aquel por cual el ser humano ha suspirado desde sus más primitivos albores? Volar. ¡Oh, sí…volar!
     No obstante, me alejo con tales divagaciones del argumento principal de la historia. A continuación venía el siguiente paso lógico; darles un nombre con el que poder dirigirme de manera más directa y familiar a ellos. Los llamé Pixie y Dixie en honor de los entrañables roedores de la famosa serie de dibujos animados. Sé que no eran ratones, pero Piolín era el único nombre de pájaro que se me venía a la cabeza. Y siempre había odiado a aquel canario cursi y faldero. Pixie y Dixie me parecieron dos nombres perfectos para ellos. Y esperaba que mis nuevos compañeros no me causaran tantas fatigas y quebraderos de cabeza como al pobre señor gato. Desde luego, no era mi intención perseguirlos a escobazos por toda la casa. Claro que tampoco podía imaginar ni remotamente lo que sucedería poco tiempo después. De haberlo sabido no estaría hoy aquí contando esta descabellada historia…
     Como ya os he relatado, poco a poco parecieron ir acostumbrándose a mi presencia, al igual que yo me familiarizaba con la suya. Su confianza fue tornándose en algo parecido a la amistad. Sé que puede parecer un término exagerado, pero tal es el sentimiento que puedo definir y que estaba surgiendo entre nosotros. Ya era un habitante más de su mundo, alguien de su entorno que parecía no suponer una amenaza para su existencia. Jornada a jornada, el acercamiento se hizo mayor; y a las pocas semanas llegaron incluso a comer de mi mano las miguitas de pan o queso que les ofrecía. Desde el principio rehusaron el alpiste y otras comidas preparadas para aves domésticas. Y es que, pese a que por costumbre se estaban convirtiendo en ellas, desde luego su naturaleza e instinto no lo eran.
     Pero una noche, al abrir la puerta de entrada, los encontré en medio del pasillo, en actitud desafiante, impidiéndome el paso a mi habitación. Permanecían vigilantes, como dos centinelas defendiendo sus extensos dominios recién conquistados. Me escudriñaron altivamente y con meticulosa atención antes de dar media vuelta y huir de vuelta hacia su hogar, aquel arcón de madera desvencijada que cada vez parecía ser menos de su agrado. Hasta entonces su comportamiento había sido del todo normal, así que me sorprendió en exceso aquel cambio de actitud.
     Ya sé lo que estaréis pensando en voz baja, os puedo escuchar desde aquí susurrando para vuestros adentros que tal vez fueran tan solo alucinaciones mías. O que quizá lo hubiera incluso soñado, ya que en ciertas situaciones las alucinaciones no son otra cosa que eso: sueños confusos o alteraciones de los mismos. Pero no, yo acababa de llegar a casa y estaba perfectamente despierto. Y recuerdo vívidamente y con total nitidez la siniestra expresión de sus rostros. Soy consciente de que, quizás salvo en la pintura y la escultura, el rostro de cualquier animal en estado de reposo y carente de movimiento, tiene siempre la misma expresión. Aunque, aparte de ese rictus grotesco común a tal estado inerte, había oculto en el fondo algo más profundo e inquietante; aquel brillo maligno que destellaban sus ojos, esa sonrisa malévola que parecía perfilarse tras la arrogancia de sus picos…
     Sin embargo, bien podría yo mismo ceder en este punto y aceptar, aun a regañadientes, que quizá todo fueran imágenes evocadas o recreadas por mi subconsciente o imaginación, de no ser porque la misma inaudita y perturbadora situación se sucedió en los días venideros. Con la amenazadora diferencia de que, en cada ocasión, el desafío era más altanero y duraba un tiempo más prolongado. No demostraban el menor respeto ni temor ante mi presencia y si intentaba ahuyentarlos, no huían. De hecho, en sus ojos parecía brillar una mirada inteligente, hostil, recelosa; una mezcla de odio, rabia y venganza. No soy capaz de explicar aquel comportamiento ni tampoco mis sentimientos respecto a ello. ¿Qué ocultaban o perseguían? Aún no podía saberlo ni intuirlo. Les había dado cobijo en mi hogar, les había alimentado, jugado con ellos, y sin embargo...
     La  cosa fue de mal en peor. Comencé a sentir cierto temor, un primer atisbo de miedo, ante sus miradas perversas y aquel intenso sentimiento de rencor o aversión que parecían albergar hacia mi persona. Ahora se atrevían incluso a emitir una especie de roncos graznidos escalofriantes, abriendo desafiantes aquellos pequeños picos amenazadores; a priori inofensivos, pero bien afilados como bisturís, y sin duda prestos para hacer daño. Mi inquietud y desasosiego fueron en aumento, así que decidí, con toda la tristeza del mundo, echarlos fuera de casa.
     Pero, por supuesto, aquello no iba a ser tan fácil como el mero hecho de pensarlo y darlo ya por realizado, pues parecían haberse vuelto endiabladamente inteligentes... y se escondían cada vez que intentaba acercarme a ellos, anticipándose a todos mis movimientos como si conocieran de antemano mis intenciones. Busqué su nueva guarida por toda la casa, sin éxito alguno. Se desvanecían de manera misteriosa en cuanto intuían mi presencia.
     Y en esas estábamos cuando un nuevo suceso vino a enturbiar, más si cabe, aquella surrealista situación. Al principio pensé que, esta vez sí, no eran más que imaginaciones mías; pero con pavor y estupor pude comprobar que mis sospechas eran fundadas y aquellas dudas que albergaba, tenían sólidos cimientos. Los pajarillos habían aumentado de tamaño. Y cambiado de color. Se estaban volviendo cada vez más oscuros, hasta tornarse completamente negros como el ébano. Y su envergadura fue también in crescendo hasta que al cabo de un mes eran tan grandes como cuervos de pesadilla. Y es que, ante mis atónitos ojos, sus cuerpos fueron mutando día a día hasta convertirse en auténticos cuervos, si no de pesadilla, al menos de sueño intranquilo.
     Recordé los inquietantes versos del sublime poema “El cuervo” de mi idolatrado maestro del terror Edgar Allan Poe. Lo sabía de memoria y recité en voz alta una estrofa, conteniendo un escalofrío:



"¡Profeta! —exclamé— ¡cosa diabólica!
¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio
enviado por el Tentador, o arrojado
por la tempestad a este refugio desolado e impávido,
a esta desértica tierra encantada,
a este hogar hechizado por el horror!
Profeta, dime, en verdad te lo imploro,
¿hay, dime, hay bálsamo en Galaad?
¡Dime, dime, te imploro!"
Y el cuervo dijo: "Nunca más." 


                                                               

                                                                               
                                                                                      ***                                                           
     
     Me vinieron también a la mente antiguas historias, estudios y leyendas sobre el alma de dichos córvidos y su conexión con el más allá, las tinieblas y el mundo de los muertos. Analicé viejos escritos que desempolvé de mi biblioteca buscando toda la información posible sobre aquellas aves astutas y sagaces. Aunque, aparte de su inteligencia sutil y refinada, de su extraño comportamiento en ocasiones y sus curiosas costumbres, no encontré nada fuera de lo normal ni que pudiera servirme de ayuda. La cultura popular los había idolatrado y odiado a partes iguales desde tiempos inmemoriales. Pero nada en todos aquellos cuentos, narraciones y supercherías de ultratumba tenía algún punto de comparación, similitud o parecido con aquellos extravagantes acontecimientos que yo estaba sufriendo en mis propias carnes. Nada que pudiera servirme de ayuda. Nada que consiguiera consolarme y calmar mi acongojado espíritu. ¿Estaba volviéndome loco? Siempre había hecho gala de una imaginación desbordada, pero jamás hasta el punto de convertirme en un alocado Don Quijote y luchar contra molinos de viento creyéndolos gigantes enemigos. No conseguía encontrarle demasiado, por no decir ningún sentido a todo aquello. ¿Tímidos pajaritos que se transformaban en pérfidos cuervos que conspiraban a mis espaldas maquinando quién sabe qué horribles maldades sobre mi persona? Pues eso y no alguna otra cosa era lo que estaba sucediendo por ridículo o inverosímil que pueda parecer.
     Pero se me vuelve a perder el hilo de la madeja de la historia. Se me escapa a su antojo como si poseyera vida propia e intentara que no siguiera hilvanando los sucesos que prosiguieron. Porque sin duda lo peor estaba aún por llegar. Y aquello aconteció una madrugada, cuando al levantarme del sofá donde me había quedado dormido viendo la televisión para poner rumbo a la cama, los hallé plantados en el pasillo frente a la habitación. Eran ya casi tan grandes como gatos negros de mal agüero... y enorme era también su desafío impidiéndome el paso. Abrieron ante mí aquellos enormes picos dorados, afilados como cuchillos recién forjados, mostrando un desprecio indefinible a la vez que sus insidiosas pupilas negras parecían burlarse de mi congoja y terror. Graznaban como aves rabiosas y, sin duda, aquella noche no albergaba esperanzas de que se escondieran intimidados ante mi presencia. Intenté espantarlos profiriendo gritos y muecas grotescas acompañados por ridículos y exagerados aspavientos. No conseguí otra cosa que encolerizarlos aún más. Estaban prestos y dispuestos a atacar y plantar batalla. Despacio, muy despacio, con movimientos apenas perceptibles, intentando no llamar en demasía su atención, intenté retroceder hacia el otro extremo del pasillo, en dirección a la cocina. No conseguí mi propósito de despistarlos, ya que al mismo ritmo de mis pasos, comenzaron a su vez a avanzar en mi dirección.
     Intenté hablarles, calmarles, exigirles alguna explicación, ofrecerles razones y argumentos para que desistieran en su empeño, en aquel intento de locura sin sentido y demencial. No obstante, de mi garganta apenas brotó una voz infantil que me pareció extrañamente desconocida en aquellas circunstancias. Aunque ya fue todo un éxito poder hacer vibrar las cuerdas vocales en tales condiciones alteradas que afectaban, sin duda alguna, a las relaciones simbióticas de mis sentidos. Ya pueden imaginar que mis palabras no consiguieron su propósito y las alimañas continuaron su persecución incansable detrás de mí. El recorrido hacia la cocina se hizo eterno e interminable, un largo plano secuencia a cámara lenta. El sudor escapaba por los poros de mi cuerpo y, me cuesta reconocerlo incluso aquí, llegué a orinarme encima. Estaba a punto de sufrir un colapso nervioso y mi corazón parecía un murciélago enloquecido, un volcán instantes antes de entrar en erupción. Tenía que llegar a la cocina como fuese. Allí había cuchillos y otros utensilios que podían ser útiles en mi defensa, aunque sobre todo había recordado un bate de béisbol que tenía guardado en un armario y con el que hacía mis pinitos en dicho deporte los días festivos junto a algunos amigos. Consideré que podría servirme de ayuda eficaz como arma disuasoria.
     Creí tardar un siglo en llegar hasta mi destino, aunque al fin tenía el ansiado bate de madera entre las manos. Me refugié con él en el ángulo de la esquina más alejado de la puerta y de mis torturadores psicológicos. Las fieras parecieron dudar por un instante al verme agitar aquel instrumento enorme frente a sus ojos sin párpado, como Wendy ante Jack en las escaleras del hotel Overlook; sin embargo, superado ese primer y breve momento de confusión y sorpresa, siguieron avanzando hacia mí, lenta pero inexorablemente. Retrocedí cuanto pude hasta casi fundirme con los azulejos blancos de la pared. El sudor se mezclaba con la orina produciendo un desagradable aroma a sucia guarida maloliente que no desentonaba para nada en aquella situación. Cerré los ojos y suspiré con todas mis fuerzas. Puedo afirmar que un pedazo de alma se fue de la mano con aquel suspiro. Y que jamás he vuelto a recuperarla.
     Todo lo que podía hacer estaba hecho y consumado. Ya no me era posible retroceder más, aquello era el final; sucediera lo que sucediese a continuación, sólo quedaba esperar su ataque. Los cuervos, a los cuales sigo dando ese nombre por el origen y aspecto hacia el cual habían degenerado sus cuerpos pese a que aquellos engendros parecían más bien asquerosas y abominables criaturas de Lucifer, alimañas del infierno e hijas del reino del gusano o de alguna maldita y desconocida dimensión de Ctulhu perdida en alguna insondable esquina del Universo, se detuvieron a tan sólo un par de metros, con los picos abiertos, emitiendo sonidos guturales y dirigiéndome unas hostiles miradas que prometían castigo y sufrimiento, tortura y horror.
     Allí permanecimos los tres el tiempo que dura una eternidad; ellos frente a mí, deleitándose con el olor de mi pánico, torturándome, enloqueciendo aún más mi frágil y ya resquebrajada cordura, buscando el límite de mi resistencia. Por fin uno de ellos dio un vertiginoso e inverosímil salto casi de trapecista, subió hasta el techo y descendió con elegancia en picado, abalanzándose en un majestuoso vuelo sobre mí. Con un rápido movimiento lateral pude apartarme lo justo hacia un lado y asestarle un fuerte golpe en el costado, dejándolo aturdido sobre las baldosas del suelo durante unos instantes mientras una llovizna de plumas negras quedaba suspendida en el aire para descender después y depositarse como nieve de ébano a nuestro alrededor. Pero su compañero no había perdido el tiempo y, aprovechando aquel despiste, ya se había aferrado a mi brazo, hundiendo en toda su profundidad sus enormes garras en el músculo de mi bíceps y castigando mi hombro con fieros y pavorosos picotazos. Ahogué un grito de agonía pues no quería darles tan fácilmente una esperanza de victoria. La sangre manó de la herida y corrió por la manga de mi camiseta hacia el pantalón, y de ahí hasta el suelo donde formó un enorme y viscoso charco oscuro. Aunque mi instinto de supervivencia no quería darse por vencido y logré asestarle varios golpes furiosos en la cabeza. Aunque cuanto más le golpeaba, más se aferraba él a la presa fácil de mi brazo, incrementando mi sufrimiento y abriendo aún más los boquetes que estaba socavando en mi cuerpo. Al fin grité, presa del delirio y el horror, pero en un último esfuerzo conseguí propinarle un certero golpe en la cabeza que por fin logró hacerle caer inconsciente o muerto al suelo.
     Contemplé mi herida. Era profunda y la sangre manaba en abundancia de ella. Pero mientras observaba atónito y aturdido el líquido rojo, un nuevo aguijonazo de dolor me sacó de mi ensimismamiento. Me había olvidado del otro cuervo que, mientras tanto, se había recuperado del golpe y hundía ahora sus garras en mi muslo. Grité enloquecido, víctima de un pavor que nunca antes había experimentado hasta tales extremos. Pero de nuevo el instinto de supervivencia actuó por mí y logré aferrarlo con una mano y hundir los dedos en su cuello. Apreté con las escasas fuerzas que aún conservaba, unas fuerzas alimentadas por la locura que me embriagaba, por el paroxismo del terror que atenazaba mis músculos, por la sed de venganza y, más que nada, por el inevitable miedo a la muerte.
      Vi la sangre manando del pico abierto, sus ojos saliéndose de las cuencas como si tuvieran muelles en su interior, escuché los huesos de su cuello crujir al quebrarse y astillarse… El cuervo cedió al fin en su ataque y terminó por soltarme. Pero aún se debatía con un hálito de vida, suplicando un poco de aire para respirar. Un aliento del que le privé llevándomelo a la boca y clavando en él mis colmillos con toda la rabia furiosa que me quedaba. De su garganta, destrozada y herida, brotó como un geiser un chorro de sangre que bañó mi rostro. Me relamí los labios con ella, me deleité con su sabor, disfruté con su regusto tibio y salado. Después lancé su cuerpo inerme al suelo, al lado de su compañero y, cegado de ira, víctima de una violencia febril y cólera enloquecida, comencé a golpear a las fieras, ya muertas o agonizantes, con el enorme bate de béisbol. Hay una delgada línea, un punto apenas perceptible, en que el terror puede convertirse en locura; y la locura rápidamente incita a la acción. Sin ninguna intención definida, sin más motivo que el impulso irrefrenable de la venganza, me ensañé con fuerza, casi con desesperación, hasta que sus cuerpos quedaron totalmente destrozados y todos los azulejos, baldosas, enseres y muebles de la cocina bañados en sangre y plumas negras, en trozos y amasijos de carne y vísceras.
     Cuando el eco de sus últimos estertores se fue extinguiendo de forma confusa y perdiéndose entre mis gemidos y jadeos, el silencio que le sucedió fue dando paso a un extraño sonido áspero y cadencioso. Como si algo nauseabundo se arrastrara entre los restos de aquella carnicería. Algo que reptaba hacia mí; algo que tal vez estuviera buscando mi alma…
     Exhausto y aterrado a partes iguales, pegué mi espalda a la pared y me dejé deslizar hasta quedar sentado en el suelo. Permanecí allí quieto en silencio minutos que me parecieron horas; o tal vez horas que se estiraron como siglos. Intenté pronunciar sus simpáticos nombres, Pixie y Dixie, pero mis intentos fueron en vano. Ningún sonido quería brotar de mi garganta, o no tenía fuerzas suficientes para ello. Estiré la mano y deslicé mis dedos por el suelo encharcado de sangre y acaricié las plumas de aquellas hermosas alas negras ahora destrozadas. Los músculos me pesaban como si fueran de plomo y, finalmente, mis energías comenzaron a flaquear. Seguía sangrando de manera generosa y abundante y, en última instancia, también me desmayé. Se produjo entonces una oscuridad absoluta, mayor que la de las tinieblas de la noche y el vacío de la nada, y silencio…un silencio lacerante y doloroso.

                                                                                           ***                                                           

No recuerdo nada más hasta que recuperé la conciencia minutos, horas o días después; no sabría decirlo. Fue cuando varios hombres con batas blancas me despertaron con no muy buenos modales y me sacaron rastras de mi domicilio. Estaba aturdido, pero a la vez con todos los sentidos alerta. ¿Quién y para qué me había despertado y a dónde me llevaban? Sentía aún el sabor de la sangre de los cuervos en mi boca, el desgarrador azote de sus heridas en mi cuerpo, el olor del miedo, el furor de la lucha, la ira irrefrenable… Podría decirse que me sentía liberado, pero a la vez experimentaba una fuerte opresión de la que ignoraba su procedencia. Intenté forcejear para soltarme de mis captores, o quién quiera que fuesen aquellos energúmenos que me arrastraban, pero noté que estaba inmovilizado. Algo impedía cualquier movimiento que intentaba amordazando mis brazos y piernas. Al fin caí en la cuenta…
     ¡Una camisa de fuerza! ¡Me habían puesto una maldita camisa de fuerza...!
     —¡Un momento…!¿Qué demonios están haciendo?¿Quiénes son ustedes?¿Y a dónde me llevan? —grité. Pero aquellos condenados enfermeros decidieron hacer caso omiso a mis ruegos, suplicas y preguntas.
     —¿Qué ha hecho? —preguntó una mujer que, por curiosidad, se había asomado a una ventana cercana y parecía disfrutar del espectáculo de verme embutido en aquel traje de hebillas de hierro y correas de cuero.
     —Es un demente asesino —contestó uno de ellos—. Ha matado y descuartizado a sus ancianos padres. Es lo más espantoso y horrible que he visto en toda mi vida. Cuesta imaginar que un ser humano sea capaz de algo tan depravado y perverso…
     —Sí —prosiguió el otro—. La asquerosa sanguijuela los masacró con un bate de béisbol. El jodido bastardo se ensañó con ellos hasta que dejó sus cuerpos prácticamente irreconocibles. Al padre le descoyuntó el cuello y después le clavó los colmillos en la vena yugular hasta beberse toda su sangre. ¡Como si fuera un jodido vampiro! ¡Cuando ha despertado aún se relamía los labios con una sonrisa el muy cabrón!       
     —Lo peor de todo —terminó el primero—, es que el pobre anciano era parapléjico y la madre estaba tan enferma que apenas podía moverse sin sus muletas. Pero, ¿qué se puede esperar de un loco que tiene más de cien cuervos disecados en su habitación?
     —¡No puede ser! ¡Eso es imposible! —grité con todas mis fuerzas— ¡Yo vivo solo! Por favor… Tienen que escucharme… ¡¡Yo vivo solo!!
                                                          
                                                                              ***

Ahora me encuentro aquí encerrado, en una prisión de máxima seguridad, en la galería donde confinan a los dementes y asesinos más depravados. Tantos libros leí acerca de ellos, sobre Ed Gein, Ted Bundy, Albert Fish o el payaso Wayne Gacy… y ahora resulta, ¡curiosidades de la vida!, que me consideran uno de ellos. Dan ganas de reír a carcajadas…
     Me han recluido en el módulo de aislamiento. Nunca puedo salir de mi celda y la vigilancia es constante. Todas las precauciones son pocas, les escucho comentar entre ellos. 
     ¡Como si yo fuese una fiera rabiosa y peligrosa!
     Les he contado toda la historia con pelos y señales, como a vosotros, con todo lujo de detalles… pero no me creen. Sé que es una historia un tanto inverosímil pero, ¿cómo podría nadie inventarse algo así? Dicen que no había plumas en el suelo cuando yo mismo los despojé de hasta la última de ellas. Dicen que la espera hasta que se cumpla mi sentencia de muerte debería ser una tortura, que es lo menos que merezco. Dicen que me esperan todos los suplicios y sufrimientos del infierno. Dicen, dicen, dicen…
     Pero vosotros si me creéis, ¿verdad? Sé que sí. Me gustaría mostraros las heridas del hombro y el muslo para conseguir convenceros del todo. Aún conservo el recuerdo de mis queridos cuervos como un macabro tatuaje del más allá, de adondequiera que se lleven las almas que roban.
     Escribo todo esto con una pluma de cuervo (sí, conseguí quedarme una de recuerdo de aquellas bestias) y con la sangre de mis propias venas en un rollo de papel higiénico. Es lo único que tengo. Ya me las ingeniaré de alguna manera para que salga fuera de estos gruesos muros, para que todos podáis leerlo y tengáis cuidado si algún día al llegar a casa encontráis a un par de pequeños e inofensivos pajaritos en el alfeizar de la ventana o recorriendo con indiferencia el rellano de las escaleras o el pasillo de vuestra casa.
     Me tienen encerrado como a un animal despiadado. Como a un jodido asesino. Dicen que soy un demente, que estoy loco. Aunque me alivia saber que vosotros estáis conmigo, que tenéis clara la verdad, que no os vais a dejar embaucar con viles mentiras. Sé que estoy en lo cierto. Es todo una asquerosa conspiración, una maldita confabulación. El demonio está detrás de todo esto, y estos médicos disfrazados son sus acólitos, los más fieles servidores del Averno. Ya los tengo calados. Algún día lograré quitarles su falsa máscara de apariencia mundana. Porque yo no maté a mis padres... yo no asesiné a un par de inocentes ancianos.
     ¡Yo vivía solo!


 Juanma Nova García
                                                      

martes, 10 de octubre de 2017

AQUELLOS AÑOS 90

—¡Cuánto tiempo sin pasar un rato contigo! —dice Elena con los labios algo morados y entumecidos del frío, aplastando la colilla de un cigarrillo rubio bajo la suela de sus zapatillas de flores. Iker tuerce la boca y guiña un ojo, mientras las sombras del atardecer se alargan y el día se desvanece a cuentagotas.
     —Creía que este año habías dejado de fumar. ¿O es que no te atreviste con ese anuncio de acupuntura oriental del que tanto hablabas? —pregunta Iker, con esa mirada suya tan pícara como condescendiente. El mismo jersey gris que ayudó a destacar sus ojos por encima de las multitudes en la época de la universidad.
     —Lo intente, Iker, en serio. Como cuando me autoconvencía de ponerme a dieta después de cada Navidad para poder volver a ponerme la camiseta azul de David Bowie de la época del instituto… y al final acababa haciéndome un revuelto de helado de vainilla con Emanem´s.
     —Decíamos que teníamos examen y terminábamos en el pub de Tony…
     —Cantando y bailando siempre…
    —Escuchando a Placebo, hasta las trancas de cerveza y tequila. Y tu tenías la feliz idea de ponerte…
     —Aquella camiseta del mercadillo con la cara de un payaso sonriente que daba miedo a todo el mundo. Llegaste a pedírmela para salir. Y como amuleto para los exámenes.
     Iker sorbe un trago corto de un vino peleón con demasiado recelo, aunque siempre fuese el primero en ridiculizar aquellos paladares exquisitos que encontraban en un sorbo de una botella cara cierto regusto a madera, a canela, a pino, a frutas de bosque o a cristo bendito. Cuando recordaba su paso por la vida universitaria, entre cigarros de la risa, whisky barato, perfume a lavanda, a incienso y a café, fiestas llenas a partes iguales de chuloputas engominados con la nariz empolvada e intelectuales enamorados de las entrañas de los ordenadores; revistas de rock´and´roll, el futuro abierto como una herida por donde entra el cielo en el cráneo, la juventud ardiendo como un ascua de plenitud en los pulmones, los bailes en El Penta, las madrugadas deshojando minutos en vinilos que ahora costarían medio riñón en E-bay… La vida se había vuelto un juego de ajedrez bastante más complicado que un simple coqueteo entre reinas y peones.
     —¿Sigues pues con la nicotina a vueltas? Como una tatuadora heavy de California o algo así.
     Iker revuelve cariñosamente el pelo color fuego de Elena, su cara de niña traviesa con insomnio, turbada por la prisa de los años, pero con la inocencia atada a sus hoyuelos.
     —Si, ya sabes. Cuando mi hermana lo dejó intenté motivarme, ponerme esos jodidos parches o apuntarme a ese gimnasio tan noventero que hay en mi barrio peeeeero…Ya sabes, siempre reponen de madrugada alguna película de Tarantino, siempre me apetece un café muy cargado a deshoras… Y después está el trabajo que me pone de los malditos nervios…
     —Siempre has tenido las excusas imperfectas para los momentos perfectos, Elena.
     —Bueno, hay que tener el as para matar el tres, decía mi abuelo. Para sobrevivir en este mundo de pirañas.
     Se pone el sol, de color óxido, y caen el día y el apetito como telones descoloridos por detrás de los tejados de las fábricas. A un centenar de metros, en un tugurio de mala muerte, una prostituta escupe en el lavabo porque el speed hace que le pique horriblemente la garganta, y la noche es un animal de caza ya despierto; a la vuelta de la esquina, un anciano hojea, nostálgico, periódicos amarillos de hace dos vidas; un mimo sonríe tras su pintura blanca, en el mismo silencio callejero perpetuo que llena luego una banda de saxofonistas tiñendo la avenida de jazz; un cuervo se precipita a volar desde un maldito rascacielos; un McDonalds abre sus puertas y un adolescente surcado de acné garabatea en su interior la firma de su primer contrato remunerado, mientras su padre, en el otro extremo de la ciudad, se limpia la sangre viscosa del puño y baja a beber un trago al bar, y su madre se lava con vodka las penas por dentro, y sonríen cuatro jóvenes en el flash de una foto, y un florista vende su último ramo de la tarde, pone el cartel de cerrado y se pregunta por qué coño las flores no vivirán para siempre.
     —¿Y has tenido la brillante idea de volver a traerme un tulipán? —pregunta Elena a bocajarro.
     —No seas quisquillosa. Los dos sabemos, sobre todo desde que saliste con el tarado de Ismael, que es tu favorita.
     —Lo es, pero no hace falta que todos los años me traigas uno.
     —Claro que si…Para una vez que nos vemos me apetece traerte algo. Ya sabes lo difícil que es venir hasta aquí y en el almacén me explotan como a una mula de carga. Necesito unas vacaciones. Necesito fiesta. Necesito bailes, mojitos, drogas blandas y estrellas fugaces en el capó del coche más viejo del mundo.
     —¿Eso no me suena idéntico a cierta cantinela del verano del noventa y cinco?
     —Si, pero en aquellos tiempos no teníamos dinero para cocteles.
     —No, pero nos bastaba con una litrona barata. Sí, los tiempos buenos, los cojonudos de verdad, al final, no requieren de demasiadas cosas.
     —Es cierto. Ahora echo de menos tu salsa barbacoa, las palomitas y las maratones de cine hasta las tantas. Por cierto, Ismael ha cambiado de trabajo, ahora es repartidor de publicidad de una empresa de comida rápida, y al atardecer solemos ir a correr juntos por la ciudad. Es el mejor momento del día.
     —Voy a encender otro cigarro antes de irme —comenta Elena cambiando de tema.
     Iker sonríe, apacible, la piel de un moreno melancólico de sol. El ocaso ya puesto de rodillas y relamiendo los últimos restos diurnos de luz.
     —¿Qué tal te van las cosas con ella?
     —La verdad es que genial —contesta Iker— Pasó una racha espantosa cuando falleció su madre, fueron unos meses de mierda. Pero ahora está muy contenta, escribe para una revista ecologista en su tiempo libre. Sigo enamorada de ella como un niñato de instituto.
     Elena suelta el humo como quien se desprende de lastre.
     —Siempre me cayó genial Marta. Es una chica que gana cuanto más la conoces. Parecía tan tímida, con esos ojos tristes y esa sonrisa lánguida, y sin embargo luego te soltaba esas barbaridades ácidas y desternillantes sobre los reptilianos, la cienciología y la secta de Charles Manson. Tiene grandes virtudes, además de ser la mejor cocinera a lo largo y ancho del universo.
     —Lo sé. Ella también te aprecia mucho, Elena. Miramos muchas veces juntos la cajita de fotos de los noventa.
     Elena sonríe, con abierta ternura, y se quita un mechón pelirrojo de la frente.
     —No seáis tontos y malgastéis vuestro valioso tiempo añorando a esta vieja loca. Una, por desgracia, no puede quedarse a vivir en las viejas fotografías.
     Elena suelta una calada espesa, sujetando el cigarro con temblor en las manos. Iker le da un abrazo cálido, enorme, con ese amor incondicional y sin grietas que suelda con estaño las mejores amistades.
     —Tienes que dejar de fumar. No seas cabezona. Cuando no me haces caso, pasan cosas como aquello del año noventa y ocho.
     —No hace falta que me lo recuerdes. Hay cosas que es mejor… —Se le quiebra la voz antes de terminar la frase. Unos cuervos graznan y Elena aplasta de nuevo el espejismo ya sin humo del último cigarro. Una lágrima solitaria serpentea su mejilla izquierda.
     —Ya es casi de noche, Iker, deberías irte. Tienes que dormir y curar esas ojeras.
     —Me quedaría aquí contigo mil años. Bailando hasta el amanecer como en aquellos maravillosos años noventa.
     —No puedes, cariño. A mí también me encantaría, pero me basta con que vengas a verme. Pese a todo lo que pasó, siempre serás mi…
     —Lo sé, Elena; lo sé. Ambos lo sabemos —Suspira mientras le seca la lágrima de la mejilla con el dedo—. A ver cuánto te dura este tulipán.
     —Un par de días, como siempre. Pero forma parte del encanto que tienen las flores, ¿verdad?  ¿Nos vemos el año que viene?
     —Igual vengo en Navidad, si consigo unos días de vacaciones…
     —Te quiero Iker. Sé feliz.
     —Yo también te quiero, Elena. Y hazme caso y deja de fumar como un maldito carretero.
   —¡A sus órdenes, oh capitán, mi capitán! Veré lo que puedo hacer. 

Iker deja el hermoso tulipán sobre aquel cuadrilátero de piedra, aquel trocito de tierra y de mundo con su desangelada inscripción: Elena Martín (1973-1998). Y echa a andar, nudo en la garganta, melena al viento, hacia donde el sol se pone. Con una tonelada de recuerdos a cuestas. Un año más.


Juanma – 10 – Octubre - 2017